El dedo índice. Por Nethone

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Creo realmente que la cultura es necesaria, os lo dice un inculto. Al menos es lo que leo en las miradas de ciertas personas que, quizás, sólo tengan razón en eso. Pero hay un detalle que olvidan: a nadie le gusta que lo señalen con el dedo, aunque a todos nos gusta señalar, y más en el mundo del rap. En un contexto tan cínico como el del hip hop de este país, a veces resultan paradójicas las actitudes que adoptamos, heredadas de una forma de ver la vida distinta a la nuestra. Mis MC’s preferidos viven (o vivieron) en un ámbito social muy diferente al de casi todos nosotros. Es curioso que, justamente, copiemos los semblantes más banales y vacíos, obviando las características positivas de esta cultura. Me entristece, a veces, que las facetas que acompañan a algunos de estos MC’s, como la prepotencia, el crimen o la homofobia (podría hacer una lista interminable), sean las que más impacto nos causan, convirtiéndose en prototipos de comportamiento para personas que tuvieron la capacidad de decidir no ser esa mierda.
Fijémonos en la escena: nos importa la ropa de marca, el perfil bueno en la foto, los contactos de nuestras listas de teléfono. Llamamos pijos a cirujanos conduciendo un Mercedes, pero flipamos con el 4×4 del último vídeo del rapper correspondiente. Nos creemos los buenos. No existe la autocrítica. Y lo peor de todo es que a los chavales que dan más importancia a otro tipo de detalles, se los tacha de polizontes y tienen que aguantar los prejuicios estúpidos de gente que en realidad los envidia. En cambio, echo de menos las conversaciones sobre el contenido de las letras, las estructuras métricas, las instrumentales, el diggin’ o asuntos que engloben el compromiso real con esos barrios en los que vivimos y donde hay tanto que mejorar. Es muy fácil echar la culpa a terceros y librarnos de responsabilidades (todos sabemos que los aros de las canchas no se rompen solos). Por todo esto, precisamente, no nos toman en serio. Nos hemos convertido en la caricatura de nosotros mismos. Nos usan y nos tiran. Sólo se salvan los que huyen del barco. Y huyen porque saben que el cambio es casi utópico. Porque se sienten señalados, infravalorados. Porque saben que esto no es cultura. Permitámosles señalarnos con el dedo.

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