Rafael Lechowski: «El canto de amor a la vida»

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La última obra de Rafael Lechowski, El canto de amor a la vida, es un paso esencial en su carrera y recorrido vital que continúa la senda personal iniciada en Donde duele, inspira y cuyo final ya dejó planteado en Quarcissus: «nunca más haré de la vida un camino sinuoso de ambición».

Y así es, pues ahora el autor nos muestra el agradecimiento a la vida surgido de una experiencia transformadora que nos narró en esta obra, quizás la última gran elegía del autor. «Ayer busqué la inspiración en el dolor», dice en clara referencia a uno de sus primeros trabajos, pero «me hice daño», continúa.

Texto de Alberto Buscató Vázquez. Fotos archivo.

CONTEXTO Y ORIGEN

El canto de amor a la vida es una oda a la belleza y la existencia, a diferencia del resto de obras de nuestro compatriota, pero no por ello deja atrás su sello característico, presente tanto en su búsqueda de la profundidad y su rechazo a la superficialidad como en su mordaz crítica a la sociedad y en, por qué no decirlo, un tono que si bien antes era más taciturno que alegre, ahora podríamos decir que es «triste y feliz», pues si bien la obra nos presenta una toma de conciencia con la felicidad absoluta (estable y profunda, no excéntrica ni altiva) surgida del conocimiento del Amor Universal, no se borran de un plumazo esos «treinta y tres años» vividos en el dolor. Estos están presentes no solo en los primeros temas del trabajo, que salen del horror pasado a la luz presente, sino también en las realidades críticas que el autor denuncia (como la capitalización del arte, la migración o la inconsciencia).

Es, por lo tanto, El canto de amor a la vida, un trabajo que se arranca a sí mismo del dolor que siempre ha acompañado al autor para entrar en el terreno del Amor Universal, como dejaría escrito en «Larga brevedad», abriendo la puerta a una nueva etapa donde el culto a la beldad y el agradecimiento suplen el espacio del sufrimiento y el dolor de las obras pasadas.

Fotograma de Adrián Onco para «Treinta y tres años muerto».

DE LA OSCURIDAD A LA LUZ

La obra comienza donde terminó Quarcissus, con un primer tema con una letra desgarradora por inexistente, sobre la imagen de unos pies descalzos que parecen deambular por el desierto por el que el autor ha transitado hasta ahora. La oscuridad es cosa del pasado, pero es el inicio del itinerario que describe la obra. Esto continúa en  «Pecios», que parece recoger los fragmentos de una nave que naufraga (la vida misma) tras la pérdida de «Dios» (entiéndase la sabiduría, el conocimiento, la verdad, la guía espiritual… que siglos atrás estuvieron recogidas en la fe en dicha idea o en dicho ser), para constituir con estos pecios una nueva embarcación (nuestra vida en la felicidad y el agradecimiento que otorga la plenitud) con la que surcar este universo que es «un puerto naufragando» (la sociedad actual y su falta de sentido). Nótense los niveles a los que llegan las metáforas usadas por el autor.

Y con «Desear lo que ya es nuestro» encontramos el inicio de un auténtico canto de amor a la vida, donde el autor nos muestra su gratitud más profunda por haber descubierto el absoluto, en forma de conciencia del Amor Universal. «Respira», ya estás donde tienes que estar. Da igual donde vayas, ya has llegado, aunque todavía no seas consciente de ello. Esa ausencia de búsqueda es uno de los elementos principales del pensamiento de Lechowski, quien nos muestra su crítica (también habitual) a la falta de profundidad de las sociedades modernas y, quizás, a la forma de entender el arte en nuestros tiempos, más faustuoso que auténtico.

Este camino se continúa en «Canción de gratitud», donde encontramos una auténtica encarnación de la apertura al todo que el autor predica, un verdadero agradecimiento a la belleza, a la amistad, a Maria«¡Gracias!» grita el autor, cuya felicidad no le hace inconsciente de las «flores del mal» del mundo, que denuncia en su «Canción del extranjero», en la cual la conciencia de que todos somos uno se antepone a las divisiones, las guerras y la migración que produce esa expresión del ego y del miedo que son las naciones y fronteras.

Y entonces llegamos al punto álgido del disco y a la canción más arriesgada del autor, «El viejo y el pajarillo», donde nos presenta una suerte de parábola que, como diría Maimónides, sirve como llave para comprender lo eterno. El viejo y el pajarillo bien podrían ser el escritor y el arte, la ceguera y la iluminación, la oscuridad y la salvación, el ego y el amor… siempre en una relación de amor recíproca que concluye en una síntesis hegeliana del Amor Universal que desborda completamente el amor particular. Toda la sabiduría de la unión con dicha realidad, la cual no se busca, sino que se encuentra, vital para el autor, está contenida en esta parábola. Sea como fuere, la conclusión del disco es que «siempre estuviste aquí y yo no te había visto». El descubrimiento de la verdad no es tanto un aprendizaje nuevo, sino una toma de conciencia de una sabiduría tan antigua como el ser humano, algo que siempre hemos portado con nosotros aunque no seamos conscientes de ello.

Portada de María Poddubnaya para «El viejo y el pajarillo».

Y AHORA, ¿QUÉ?

A través de esa iluminación «el necio se convierte en sabio», y el individuo pasa a ser «un hombre pleno», feliz. ¿Quién nos habría dicho hace un año que la evolución del autor iba a ir por estos derroteros? Su desenvolvimiento es una muestra de la incansable búsqueda y el afán intelectual de Lechowski, cuya obra avanza a la par que él, porque de él se nutre, idea que parece de Perogrullo, pero que no la encontramos en la mayoría de autores modernos, que repiten una fórmula musical constantemente, dando lugar al motivo «lo difícil no es llegar, lo difícil es mantenerse». Cuando la evolución interna es constante, la externa también lo es, y Lechowski es un claro ejemplo de superación de la oscuridad hacia la luz.

La obra no tiene un final narrativo tan claro como Quarcissus, quizás porque lo eterno no tiene tiempo. Cabe preguntarnos, entonces, ahora, ¿qué? ¿En qué dirección irá el próximo trabajo de Lechowski? ¿Habrá próximo trabajo? ¿Será igual? ¿Qué novedad podría traer? ¿Hacia dónde se puede avanzar cuando se ha llegado al final? La vida continúa, por lo que nunca podemos afirmar con seguridad que esta etapa del autor vaya a ser la última, aunque sea su etapa absoluta. Sea como fuere, en esta obra encontramos tanto a un Lechowski renovado y entregado a expandir el bien descubierto como a nuestro ya conocido autor en su punto más álgido, tan «faro» como «estrella», mal que le pese.

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